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El gesto más común de los humanos

El gesto más común de los humanos

María Elena Balán Saínz

 

 Nadie podrá negar que el gesto más común de los humanos es el saludo, empleado mucho antes de los tiempos de los griegos y los romanos, cuando estrechar las manos de las estatuas de los dioses confería buena suerte, según la creencia de entonces.

 

Pero, desdichadamente, hay quienes en los comienzos del siglo XXI muestran absoluta indiferencia cuando a la llegada al trabajo, en la parada de la guagua, a la entrada de la escuela de su hijo o en cualquier otra parte, alguien con buena educación les desea buenos días.

 

Tal vez si el modo del saludo fuera al estilo de los tibetanos, que sacan la lengua frente a su visitante, partiendo de la vieja superstición de que quien la muestre negra tiene intenciones de envenenar, entonces el gesto fuera reciprocado, pero no de manera cordial.

 

Algo tan sencillo como gesticular de manera educada un buenos días o buenas tardes lleva implícito, sin embargo, un mensaje de amabilidad y costumbres correctas.

 

¿Por qué no contestar de igual manera cuando alguien, aun sin conocernos, en un lugar público se dirige de forma general a todos y nos saluda?

 

 Es imprescindible rescatar los buenos hábitos de convivencia social, ausentes en algunos segmentos de nuestra sociedad, en la que no podemos admitir que la seudo cultura florezca como una planta de marabú, difícil de exterminar.

 

No debemos ser pasivos observadores, sino activos ejecutores del fomento de valores éticos y morales, sobre todo en niños y jóvenes, llamados a ser los hombres del futuro.

 

Cierto es que en otras latitudes del mundo la juventud crea sus jergas y lenguajes particulares para comunicarse, pero no por ello dejan de alarmar a las sociedades donde viven si esas modalidades toman un matiz vulgar generalizado.

 

En Cuba parece instituirse ese modo de hablar en muchos jóvenes, niños y hasta adultos, por lo que no es extraño escuchar en lugar del saludo respetuoso y cortés, el chabacano ¿Qué bolá, asere?, que tanto desdice de la persona que lo expresa.

 

¿Por qué hablar de esa manera? Todos tenemos el deber de influir positivamente en el lenguaje de nuestros familiares, amigos y vecinos.

No propiciemos que en el siglo XXI se entronice la cultura del asere.

 

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